¿POR QUÉ DEBEMOS CUMPLIR NUESTRAS PROMESAS A NUESTROS HIJOS?

El respeto es un valor fundamental para la sana convivencia de las personas en sociedad y permite crear lazos de empatía y armonía en nuestra relación con nosotros mismos y con nuestro entorno. Aprender a respetar a los demás pasa primero por respetarnos a nosotros mismos y de esa percepción interna dependerá nuestra relación con el entorno. Cuando asumimos el valor del respeto, reconocemos, aceptamos, apreciamos y valoramos nuestras cualidades, y también reconocemos el valor del otro y sus derechos. El respeto a la alteridad es un factor imprescindible en los procesos de maduración del ser humano.
Para la práctica del respeto es necesario tener claro cuáles son los derechos fundamentales de cada persona, como son el derecho a la vida (la vida de nuestros semejantes es inalienable), a disfrutar la libertad (no hay nada en el universo que justifique su pérdida), a la posesión de bienes y a proteger su intimidad (que deben ser respetadas y defendidas a toda costa); éstos como los más universales.
También está el derecho a opinar y tener su propio punto de vista, lo que implica respetar las decisiones y sentimientos de cada quien. Cuando respetamos las decisiones y sentimientos de otros, no quiere decir necesariamente que las compartamos; podemos estar o no de acuerdo con ellas, pero aceptamos su derecho a diferir de nuestras propias decisiones y sentimientos. Y aún más allá, a convivir con quienes no ven las cosas como las vemos nosotros.
Todo aquel que desconoce el valor de las personas y las cosas, y pasa por alto o ignora las normas de convivencia, se convierte en una persona que no respeta – irrespetuosa y, en consecuencia, en un ser dañino que más temprano que tarde será rechazado por quienes integran la sociedad. Esas conductas podemos observarlas en los gobernantes y funcionarios corruptos o despóticos, en los padres o madres tiránicos, hijos insolentes o desagradecidos, maestros autoritarios o arbitrarios, y en los vándalos o delincuentes que destruyen por placer los bienes de la comunidad. Son los modelos negativos que hay que evitar en el entorno de nuestros hijos, a quienes hay que educarlos en el valor del respeto para que no asuman nunca esos comportamientos indeseables que inevitablemente los llevarán a sufrir el irrespeto de los demás.
Un niño en proceso de crecimiento requiere de una buena educación en valores y principios que le permitan desarrollar su juicio y su sentido de la responsabilidad moral y social, de manera que se convierta en un individuo útil, para sí, para su familia, para la sociedad. En este escenario de socialización, el valor del respeto juega un papel fundamental, ya que le brinda al niño la capacidad de aceptar y comprender las diferencias que hay entre las personas, en aspectos como raza, idioma, cultura, costumbres, tradiciones, preferencias e ideas. Y en ese respeto a las diferencias, el niño enriquece sus conocimientos y experiencias. Abre su mente a la diversidad, a la convivencia y a la tolerancia; a posibilidades espirituales de gran dimensión que, seguramente, le pondrán en la misma órbita de quienes han sido precisamente ilustres y reputados como grandes hombres.
Cuando ofrecemos algo a nuestros hijos, sea un regalo o una recompensa, (material o inmaterial), para luego olvidarnos de la palabra comprometida, no solamente lo estamos irrespetando como individuo, pues estamos mal codificando en él o en ella, el amor paterno, sino que además le estamos enseñando que quien lo quiere le incumple, y por tanto le irrespeta. Estamos pues preparándolos para que entiendan que en la vida quien les ame les va a incumplir y por ende a irrespetar.
Por otra parte, estaremos maltratando nuestra credibilidad ante ellos, pues les estaremos enviando un mensaje tremendamente negativo: Mamá o papá, no somos capaces de sostener nuestra palabra: no somos honorables porque no tenemos palabra. Sea que se trate de decirles que si no cumplen sus deberes escolares, no podrán ver la televisión o practicar su deporte favorito, o sea que se trate de ofrecerles una recompensa en el caso que cumplan con sus deberes en la escuela o la casa, si no se les cumple se les estará enviando una señal negativa que socavará no solamente su proceso de formación, sino además las bases que sostienen el amor que debe signar la relación padre-hijo.

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