Yo no ayudo a mi esposa

Desde niñas nos han educado para servir al hombre. Lavar los platos, pulir pisos o poner la mesa, eran actividades exclusivas de la mujer, de hecho, en la mayoría de los casos tener un hermano era igual a nada, porque las niña siempre terminaban haciendo las tareas del hogar.

Eso era “lo correcto”.
Vivimos en una sociedad en la que lo más normal del mundo es saber que hay actividades para mujeres y actividades para hombres, una sociedad que dice que las chicas somos el sexo débil, aunque esa declaración no aligera nuestra carga, de todas formas somos las que cuidamos a nuestros hijos, llevamos la vida doméstica y trabajamos.
Pero es momento de poner fin a esto y optar por una verdadera formación en la que formemos a seres humanos consientes y no solo a “niñas” y “niños”.

Un individuo se forma desde casa con principios que no encontrará en otro lugar y es tarea de padres y madres ayudar a criar personas de bien.
Son minoría aquellos hombres que ayudan a sus esposas y cuando eso sucede siempre se les reconoce el esfuerzo, se les declara como hombres diferentes aunque esto es un error; en realidad, no son glorias conquistadas por ellos, solo una actividad justa y normal que están realizando en casa y en su vida y en la de su familia.
La página “Oi, eu sinto”  publicó un post que trata precisamente sobre esta problemática. Al dar a conocer una conversación entre dos amigos muestra la admirable lección que uno da al otro al comentar que él no ayuda a su esposa porque cuando lo hace ella no le muestra gratitud.
El post dice lo siguiente:
“Yo no ayudo a mi esposa”

Un amigo vino a mi casa a tomar café, nos sentamos y conversamos, hablamos sobre la vida. En un momento determinado de la charla, yo dije: “Voy a lavar los platos y vuelvo en un instante”.
Él me miró como si le hubiera dicho que iba a construir un cohete espacial. Entonces me dijo, con admiración pero un poco perplejo: “Qué bien que ayudes a tu mujer, yo no ayudo porque cuando lo hago mi mujer no lo elogia. Incluso la semana pasada lavé el piso y ni un gracias”.
Me volví a sentar y le expliqué que yo no “ayudo” a mi mujer. En realidad, mi mujer no necesita de ayuda, ella tiene necesidad de un compañero. Yo soy un socio en la casa y a causa de esa sociedad las tareas son divididas, pero no se trata ciertamente de una “ayuda” con las tareas domésticas.
Yo no ayudo a mi mujer a limpiar la casa porque yo también vivo aquí y es necesario que yo también la limpie.
Yo no ayudo a mi mujer a cocinar porque yo también quiero comer y es necesario que yo también cocine.
Yo no ayudo a mi mujer a lavar los platos después de comer porque yo también uso esos platos.
Yo no ayudo a mi mujer con los hijos porque ellos también son mis hijos y es mi papel ser padre.
Yo no ayudo a mi mujer a lavar, extender o doblar la ropa, porque la ropa también es mía y de mis hijos.
Yo no soy una gran ayuda en casa, yo soy parte de la casa. Y respecto a elogiar, le pregunté a mi amigo cuándo había sido la última vez que, después de que su mujer terminara de limpiar la casa, ocuparse de la ropa, cambiar sábanas, bañar a sus hijos, cocinar, organizar, etc., él le dijo, gracias. Pero un gracias del tipo: ¡Guau, querida! ¡Eres fantástica!
¿Esto te parece absurdo? ¿Te está pareciendo extraño? Cuando tú, una vez en la vida, limpiaste el piso, esperabas como mínimo un premio de excelencia con mucha gloria… ¿Por qué? ¿No has pensado en eso, amigo?
Tal vez porque para ti, la cultura machista te ha mostrado que todo es tarea de ella.

¿Tal vez porque te han enseñado que todo eso debe ser hecho sin que tengas que mover un dedo? Entonces elógiala como querías tú ser elogiado, de la misma forma, con la misma intensidad. Echa una mano, compórtate como un verdadero compañero, no como un huésped que sólo viene a comer, dormir, bañarse y satisfacer las necesidades sexuales… Siéntete en casa. En tu casa.

Mujeres recordemos que el cambio real de una sociedad comienza en nuestros hogares, formemos a nuestros hijos e hijas con un sentido real de compañerismo y respeto.

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